viernes 27 de agosto de 2010

Japanese.

La noche era eternamente fría, al respirar podías ver los fantasmas del aliento humeante saliendo por la nariz y boca, como pequeños pensamientos que jamás volverían. Con un libro en el brazo izquierdo y las manos en los bolsillos intentaba esconder el rostro bajo el pañuelo, iba camino hacia el paradero, la mirada triste, esa tristeza propia de los jóvenes que piensan en lo inadecuado, en momentos inadecuados y por supuesto siempre de la mano del pesimismo. Venía de casa de su ex novia, hace tiempo ya que no estaban juntos, pero daba igual, una fuerza mayor a ellos los unía día a día, trazo por trazo, pasaban días y a veces noches juntos, sin cansarse de hablar, de mirarse y de llorar en silencio por la cruel incertidumbre si algún día sanarían lo suficiente para poder estar juntos de nuevo.

Ya en la micro, camino a casa, se sienta, mira por la ventana y maldice la vida, esta pequeña vida que le toca llevar a cabo quizás por cuanto tiempo, intentando calmarse abre su libro y se pierde entre las páginas, palabra tras palabra sus miedos, su rabia se hacen pequeños. Algo pasa… Una extraña sensación lo invade y entonces la ve; una mujer de unos treinta años, japonesa, cuerpo delgado y formas delicadas, rostro liso y hermoso, y de una jugada terriblemente irónica del destino se sienta a su lado, un sudamericano leyendo un libro de un autor japonés junto a una japonesa ¿Cuáles eran las posibilidades reales que esto pasara? le entraron ganas de reír, siempre soñó con un momento así. Y como si fuera poco la japonesa miró con atención su libro, él joven de pelo revuelto, pañuelo blanco y rostro serio la miro por acto reflejo. Se miraron, se sonrieron. Olvidó la vida, los pensamientos, los deberes, como si los ojos de aquella fueran el libro en sí.